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martes, 11 de junio de 2013

¿Por qué el sábado está dedicado a la Santísima Virgen?


Plinio Corrêa de Oliveira

Sabemos que el viernes es el día que nos recuerda la muerte de Nuestro Señor, y el domingo recuerda su Resurrección. La pregunta que surge es: ¿Por qué el sábado está dedicado a la Virgen? He recibido la siguiente información que transmito a Uds. y luego la comentaré.

Selección biográfica:

Nuestra Señora sola mantuvo la fe
en la Resurrección
La devoción a la Virgen recibió un fuerte impulso a principios del siglo X con la reforma monástica que dio forma a la civilización medieval.

Después de esa época se hizo costumbre general dedicar el sábado a la Virgen. San Hugo, abad de Cluny, ordenó que en las abadías y monasterios de su orden, los sábados se cantara el Oficio y se celebrara una Misa en honor de la Santísima Virgen María. Una misa especial fue compuesta en su honor para esas ocasiones. Para el Oficio Divino regular, el Papa Urbano II añadió el Pequeño Oficio de la Virgen para ser cantado los sábados.

Hay muchas razones de por qué el sábado debe estar dedicado a la Virgen Santísima. Las más conocida surgió a partir de la particular devoción que tenía el hombre medieval a la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Los Evangelios nos dicen que después de la muerte de Nuestro Señor, los Apóstoles, los discípulos y las santas mujeres no creían en la Resurrección, a pesar de que Nuestro Señor la había predicho varias veces.

Sin embargo, desde la hora en que Nuestro Señor murió en la cruz el Viernes Santo hasta el Domingo de Resurrección, sólo la Virgen creía en su divinidad y, por lo tanto, sólo ella tenía una fe perfecta. Porque, como dice San Pablo: “Sin la resurrección nuestra fe sería vana”. En ese sábado, por lo tanto, en toda la tierra fue sólo Ella quien personificó la Iglesia Católica. Por esta razón el hombre medieval la honraba especialmente en este día.

Comentarios del Prof. Plinio:

Esta explicación no podía ser más hermosa. Creo, sin embargo, que es una exageración decir que las Santas Mujeres y el apóstol San Juan perdieron la fe en ese día. Pero, ellos no tenían fe en la Resurrección.

Las santas mujeres no podían concebir la
Resurrección del Señor
A pesar del hecho de que Nuestro Señor les habló de su Resurrección en varias ocasiones, ellos no la comprendieron completamente. En efecto, una resurrección es una cosa tan extraordinaria, tan opuesta al orden natural, que la mente humana no se inclina a creer en ella. A pesar de que el Señor había resucitado a Lázaro —y ellos habían sido testigos de ese milagro— ellos no se dieron cuenta de que Quien había resucitado a Lázaro podía resucitarse a sí mismo.

Es casi inconcebible que un hombre resucite un muerto y, sin embargo, es más difícil imaginar que un muerto se resucite a sí mismo. ¿Cómo puede un hombre —por su propio poder— levantarse desde el abismo de la muerte y decirle a su propia alma: “Ahora, vuelve a entrar en tu cuerpo y se uno con él?”. Esto exige un poder mucho mayor que el que se necesita para resucitar a un muerto. Es una victoria sobre el otro, un esplendor multiplicado por otro, una cosa, normalmente hablando, que la mente humana no puede imaginar.

Podemos entender, por tanto, cómo los estaban junto a la Virgen al pie de la Cruz —San Juan, las Santas Mujeres y algunos otros, como Nicodemo— también la acompañarían a su casa en esa hora de dolor supremo. Pero ellos no creyeron verdaderamente que Cristo iba a resucitar de la muerte. Nuestra Señora conocía y confiaba en que Él se levantaría de la muerte; los otros no.

Aun cuando ellos tenían un instinto sobrenatural que les decía que la historia de Nuestro Señor no había aún terminado, y que todavía quedaba la última palabra por decir, sólo la presencia de la Virgen los confirma en este instinto, no su fe en la Resurrección. Sin este instinto y sin la Virgen, ellos se habrían dispersado completamente. Cuando los Evangelios relatan la reacción de Santa María Magdalena hablando con el Señor después de Él haber resucitado, muestran que ella no esperaba que Él resucitaría.

En su mayor desolación, Ella nunca perdió la
esperanza en la promesa
Durante este período, sólo la Virgen creyó en la Resurrección. Sólo Ella tenía la fe plena. En toda la faz de la tierra Ella era la única criatura con la plena fe, la más perfecta fe sin ninguna sombra de duda. Incluso en el inmenso dolor que Ella sufrió por el pecado de deicidio, Ella tenía absoluta certeza de esta verdad. Serena y tranquilamente mientras Ella esperaba la hora de la victoria que se acercaba. Esto le daba una alegría inmensa en medio de sus penas.

Dado que la fidelidad es necesaria para el mundo no se acabe, se puede decir que, si Ella no hubiera sido fiel en esa ocasión, el mundo habría terminado. Si la verdadera fe hubiese desaparecido de la faz de la tierra, entonces la Divina Providencia habría acabado con el mundo. Por lo tanto, es por causa de su fidelidad que historia continuó y las promesas del Antiguo y Nuevo Testamento que afirmaban que el Mesías reinaría sobre toda la tierra y sería el Rey de la Gloria y el centro de la historia, tuvieron continuidad. Esas promesas no habrían podido cumplirse sin la fidelidad de la Virgen en ese período.

Todas esas promesas vivían en su alma. Ella se convirtió en el portal de todas las esperanzas en el futuro. En su alma, como una semilla, estaba toda la grandeza que la Iglesia Católica desarrollaría a través de los siglos, todas las virtudes que practicarían los santos.

Por lo tanto, podemos decir que esas horas de la vida de la Virgen son particularmente hermosas, tal vez las más hermosas de su vida. Uno podría preguntarse si ese tiempo de fidelidad era aún más hermoso que el período en que Nuestro Señor vivió en su seno como en un tabernáculo. ¿Era más hermosa que ella llevara al Mesías en su cuerpo, o abarcar la Santa Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo, en su alma? Esta es una pregunta que puede ser discutida.

Es en la noche que es bello creer en la luz
Su fidelidad nos recuerda las palabras de Edmond Rostand en su Chantecler: “Es por la noche que es hermoso creer en la luz”. Creer en la luz al mediodía no tiene ningún mérito particular. Pero creer en la luz en la hora más oscura de la noche, cuando se tiene la impresión de que todo se sumió en la oscuridad para siempre, es realmente una cosa hermosa.

Nuestra Señora creyó en la luz en esa terrible noche mientras sostenía su cuerpo muerto en su regazo, mientras lo prepara con los aceites perfumados para el sepulcro, mientras tocaba las heridas de su cuerpo que daba testimonio de la derrota tremenda. Incluso entonces Ella creyó en la Resurrección, y Ella hizo un tranquilo acto de fe. Ella consideraba todas esas heridas de poca importancia; Él había prometido que resucitaría de la muerte, y lo haría. Ella creía. Ella no tenía la menor duda.

Este es sin duda uno de los momentos más hermosos de su vida. Desde que esto ocurrió en el Sábado Santo, entendemos por qué la Iglesia eligió el sábado para conmemorar a la Virgen. Hasta el fin del mundo, todos los sábados se consagran a Ella. Es justo. Ello cumple la profecía en el Magnificat: “Todas las generaciones me proclamarán bienaventurada”.

Aplicación para nuestra lucha

Todos los sábados tiene el contra-revolucionario el derecho de pedir a la Virgen que tenga piedad especial sobre él, porque él recibió una misión análoga a la de Ella. De hecho, vivimos en un tiempo que está en la plena oscuridad de la noche. Sabemos que la Iglesia Católica es inmortal, pero, humanamente hablando, la Iglesia tradicional ha desaparecido. Además, en casi todas las esferas de la actividad humana, sólo vemos corrupción y miseria. A nuestro alrededor la inmoralidad, la rebelión, la abyección, el egoísmo, la ambición, el fraude y el reinado de la desesperación. Todo atestigua la muerte casi completa de la civilización cristiana.

Hay, sin embargo, un vaso de elección, un vaso que la Virgen escogió para que sea de gloria y honor, un vaso la castidad y fidelidad. En este vaso Nuestra Señora recogió el sentido católico del pasado, su devoción, el amor por todas las tradiciones católicas abandonadas por otros. Ella también en este vaso la esperanza y la certeza de su Reino. Es el vaso de la Contra-Revolución. En esta terrible noche, por las bendiciones de la Virgen, el alma del contra-revolucionario es un vínculo entre el pasado y el futuro.

Aquel que pertenece a este remanente cree en su promesa. Él tiene la certeza de que el Corazón Inmaculado de María triunfará. Esta certeza le da tranquilidad en medio de los mayores sufrimientos, que es una posición de alma similar al que Nuestra Señora tuvo el Sábado Santo.

Hasta que llegue el reinado de María, vivimos en un largo Sábado Santo en el que todo lo que amamos está en el sepulcro; despreciado, odiado y abandonado por completo. No obstante, tenemos la certeza de que la victoria será nuestra. Ella nos escogió para ser sus contra-revolucionarios, para repetir e imitar su fidelidad en nuestros tristes tiempos.

Esta es la oración que podríamos recitarle los sábados: Oh Corazón Sapiencial el Inmaculado de María, haz mi corazón semejante al tuyo. Cuando todo lo que me rodea afirma lo contrario, cuando el mundo parece derrumbarse, las estrellas caen del cielo y las columnas de la tierra se desploman, incluso en esta calamidad, dadme la serenidad, la paciencia, el celo apostólico y el coraje de decir: Al fin tu Corazón Inmaculado triunfará.

sábado, 2 de febrero de 2013

Fiesta de Nuestra Señora del Buen Suceso y de la Purificación - 2 de febrero


Plinio Correa de Oliveira
Santo del Día[i]

¡Nuestra Señora del Buen Suceso! ¡Nuestra Señora de la Purificación! ¿Qué se puede decir acerca de estas dos invocaciones? ¿En qué sentido el día de la fiesta del Buen Suceso se relaciona a la Fiesta de la Purificación? ¿Y cómo pueden estas invocaciones ser entendidas en relación con nuestra lucha en los tiempos actuales?

De acuerdo con el precepto del Antiguo Testamento, una madre después de 40 días del nacimiento de su hijo, tenía que ir al templo a presentarse para ser purificada y llevar a su niño para ofrecerlo a Dios. Este era un precepto que observaba toda buena madre israelita. Era, además, una hermosa ley que reflejaba la santidad de Dios.

La Presentación en el Templo
Un niño nace en medio de los peligros que acompañan a cada gestación. Pero, finalmente, nacía. ¡Oh, que dichoso suceso! Tan pronto como la madre se recupera lo suficiente como para viajar, ella tomaba al niño e iba al Templo. Ella iba y presentaba su hijo a Dios porque Él fue quien lo creó de manera que podía ser ofrecido a Dios y vivir para él. La Ley Antigua hizo que esta presentación fuese obligatoria.

Debido a que Ella no tenía pecado original, la Virgen estaba por encima de la Ley Antigua. Del mismo modo, el Señor, que es Dios, no estaba sujeto a la ley que Él mismo había promulgado. El legislador es superior a la ley. Así que, en principio, Él no estaba obligado a ir, y la Virgen no estaba obligada a llevarlo al Templo de Jerusalén. Pero Ella quiso hacerlo. Ella quiso hacer esto por respeto a la ley, por respeto a la tradición. Ella, porque amaba la tradición y animada por su intenso amor por Dios, tomó a su Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, y lo llevó al Templo de Jerusalén.

Además, tenemos la historia de los Evangelios sobre ese episodio en el Templo. Es Dios encarnado que entra en el templo construido a adorarlo. Incluso si el Templo hubiese sido mucho más espléndido de lo que fue el Templo de Jerusalén, aún así no habría sido suficiente para que el Dios encarnado entrarse. Esa fue la mayor hora, la hora bendita, la hora perfecta. Nunca antes en su historia [la historia del Templo], la presencia de Dios fue tan intensa y completa en que el Templo como lo fue en esa hora. Se puede decir que en ese momento, los ángeles llenaron el Templo y comenzaron a cantar para celebrar el solemne momento. Nuestra Señora entró sosteniendo en sus brazos a nuestro Señor. Sin embargo, casi nadie se dio cuenta de la magnitud del evento.

La decadencia religiosa del pueblo elegido era grande en esa época. Los fieles estaban divididos en dos corrientes principales: Unos querían adaptarse a la influencia greco-romana que dominaba el mundo temporal. Eran los Saduceos, en muchos puntos análogos a los progresistas de los días presentes. La otra corriente pretendía seguir el influyente partido de los Macabeos y mantener las antiguas tradiciones de Israel. Pero, por desgracia, esta buena intención inicial se había desviado, y la mayoría de este grupo estaba simplemente practicando una religión de fórmulas y ritos, vacía de toda alma. Ellos eran los fariseos, en muchos puntos, similares a algunos falsos tradicionalistas de nuestros días. Treinta años más tarde, los jefes de los fariseos que se rebelaron en contra de la doctrina de nuestro Señor, fueron los que dirigieron el complot para crucificarle.

En la época en que nació nuestro Señor, ambas corrientes estaban muy lejos del camino de Dios. El templo estaba lleno de puestos de personas que hacían negocios de todo tipo. Casi todo estaba en ruinas, era una verdadera decadencia moral.

El profeta Simeón recibió al Niño y lo
reconoció como el Mesías
Entonces, Aquel que es el Autor de todas las cosas entró en esas ruinas espirituales. Y esos hombres de ruina no percibieron quién era Él. Él fue a cumplir el ritual de la presentación, y un profeta, Simeón, que fue el profeta elegido por Dios para este acto de recibir al Hijo de Dios en el Templo, salió a su encuentro. Al recibir al Divino Niño en sus brazos, pronunció las palabras de aquel cántico: Nunc dimittis servum tuum Domine...

“Ahora, podéis despedir a vuestro siervo en paz, oh Señor, conforme a tu palabra.
 Porque mis ojos han visto mi salvación,
 que habéis preparado ante todos los pueblos,
 una luz de la revelación para los gentiles, y la gloria de tu pueblo Israel”.

Nuestra Señora, llena de júbilo, escuchó estas palabras de aquel anciano, que parecía llevar una vida amarga por una promesa que aún no se había realizado. La promesa de Dios era que él iba a ver al Mesías antes de morir. Entonces, cuando él ve al Mesías llegar, exclamó: “Ahora, Señor, puedo morir en paz, porque mis ojos han visto al Salvador.

Él los bendijo, y le habló a la madre acerca del futuro del niño. Él profetizó la Gloria y la Cruz. Él dijo: “He aquí que éste está puesto para la ruina y resurrección de muchos en Israel, y como un signo de contradicción”.

La profetisa Ana también cantó las glorias del Niño. Por inspiración divina, Simeón y Ana dieron a conocer lo que hasta entonces sólo San José y María y algunos pocos sabían: que Él era el Hijo de Dios.

Nuestra Señora del Buen Suceso
¿Cuál es la relación de este evento con Nuestra Señora del Buen Suceso? ¿De qué se trata este buen suceso? Se trata de un acontecimiento digno de mención, algo que exige atención, sacrificio y dedicación, y que da un buen resultado. Cuando este resultado es bueno, se dice que es un buen suceso. Hubo mucho buen suceso en el nacimiento de Nuestro Señor: la gestación de la Virgen fue perfecta, fue seguida por un parto bendito y feliz, y el niño era sano y perfecto. Por lo tanto, para conmemorar tal buen suceso y cumplir con el precepto de la purificación, la Virgen que lo llevó al templo.

En el más amplio sentido de la palabra, un buen suceso se aplica también a todos aquellos que llevan a cabo una labor ardua, que asumen una gran responsabilidad, que desean hacer cosas difíciles para alcanzar el resultado por el que están luchando. Cuando sus esfuerzos se llevan a cabo con el buen resultado deseado, tienen un buen suceso. La Virgen es la patrona de todos los que buscan un buen suceso en el servicio de su causa.

Los Sres. puede ver cómo ello es apropiado para nuestros días, cómo aquellos que trabajan y se esfuerzan en la oscuridad de la noche del neopaganismo de nuestros días y que verán el sol del Reinado de María, legítimamente podrán llamar al resultado, un buen suceso. ¿Acaso no se puede decir que la Virgen del Buen Suceso será la patrona tan felizmente elegida de la hora en que el Reino de María por fin nazca sobre la Tierra?

Publicado originalmente en TIA
Véase también: Preguntas básicas sobre Nuestra Señora del Buen Suceso



[i] Los Santos del Día eran unas breves reuniones en las que el Prof. Plinio ofrecía una breve reflexión o comentario relacionado con el santo o la fiesta religiosa que se celebrara en aquel día.